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lunes, 11 de octubre de 2021

Mucho más que miedo

     Adoro el terror, esa sensación en el estómago, la respiración pendiente de un hilo, acurrucarme en la cama y no pestañear. Pero no sólo eso, quiero una historia de terror, una buena historia de terror que quede días dando vueltas en mi cabeza, que perturbe mi sueño lo suficiente como para saber que algo de ese terror ya estaba en mí, o por el contrario, una historia de terror que logre exorcizarlo, sacarlo fuera, ponerlo lejos.

      




          En Netflix encontré dos oportunidades magníficas para aquellxs que buscan algo más que sangre y gritos desesperados. La primera es Us, una película dirigida por Jordan Peele quien ya nos ha mostrado con Huye (2017), que los peores monstruos somos nosotrxs, siempre somos nosotrxs. El argumento es sencillo. Cuenta las vacaciones de una familia en la playa. Nada más lejos del terror que la arena, el sol y el mar; sin embargo, basta sumar algún personaje misterioso, una feria ambulante y una casa de espejos para enrarecer el lugar hasta hacerlo siniestro. Las plácidas vacaciones se ven alteradas cuando una familia idéntica a la que se ha tomado esos días de descanso intenta entrar a la casa. “Quiénes son”, pregunta la madre. “Somos nosotros”, responde el más chico. 

          La otra recomendación es una serie. Para aquellxs que creen que las historias de vampiros nada nuevo tienen que decir, Misa de medianoche demuestra que todavía hay tela que cortar.  Cuando un cura llega a la isla Crocket, una isla de pescadores que viven en la pobreza, extraños hechos empiezan a ocurrir. Con personajes sólidos, llenos de matices y una atmósfera que hace homenaje a Stephen King, la serie de Mike Flanagan se sostiene con un guion sin fisuras, por momentos existencialista, donde la fe, el fanatismo religioso, la muerte y la vida, aparecen como tema en boca de personajes inolvidables. Si bien a mi modo de ver no es el mejor final, todo lo vale el maravilloso diálogo entre Erin y Riley, dos personajes entrañables que intentan responder a la pregunta más terrorífica de todas. ¿Qué pasa cuando nos morimos? Pero no se asusten. La respuesta es tan bella.





	

jueves, 2 de noviembre de 2017

Todos los mundos en uno


Lo maravilloso de la ficción es que aunque sea un mundo inventado, lo que provoca en nosotros es absolutamente real. Podemos llorar con un poema, una película o una novela, podemos reirnos, emocionarnos o indignarnos y ese sentir será verdadero y tendrá tanta intensidad como la mentira de la ficción. Les cuento esto porque cuando descubrí la serie Stranger Things ya no pude abandonarla pues está anclada en mi infancia y puede que de alguna manera me ayude a recordarla. Es una serie generacional, ambientada en los 80. No solamente está llena de objetos y situaciones de esos años, sino que en la historia los protagonistas son niños, niños de esa época, que hacen cuevas con sábanas y mantas en sus habitaciones, tienen códigos secretos y hablan entre ellos por wokitokis elaborando planes que sólo a esa edad se pueden inventar. Vienen a nosotros como relámpagos las imágenes de las películas de Spielberg cuando los vemos andar en bicicletas durante la noche iluminando las calles del barrio con sus focos delanteros en medio de una atmósfera sobrenatural. También hay referencias a Carpenter, a Stephen King y a George Lucas, pero si perteneces a otra generación, la serie no te deja afuera; es una historia que te hace lugar y te abraza desde el comienzo con la inmensa ternura que despiertan sus personajes.
Me estoy demorando intencionalmente en mirarla, como cuando era una niña y no quería que se acabara mi helado de chocolate, pero cada vez que decido avanzar en su recorrido siento que paradógicamente voy hacia atrás y vuelvo a mi primera casa cuando papá subía al techo y preguntaba a los gritos si se veía mejor mientras maniobraba la antena de la televisión y mi mamá dejaba levar los bollos de pizza cerca del horno encendido.
Stranger Things es una historia tan bien contada que contiene en su interior todas las demás.


sábado, 2 de febrero de 2013


El Forastero

William Wyler                                                                                                      Por Emilce Acuña


            Las historias de westerns  giran en torno a una mesa redonda que invita al juego desmedido y a las bebidas fuertes, la aparición de un villano, el héroe, la mujer ingenua, las persecuciones a caballo, los tiros y las prostitutas de buen corazón.   Podríamos decir que estos elementos son los que distinguen al género pero no los que garantizan una buena película de vaqueros.  El forastero cuenta la historia de un hombre que llega a un pueblo dominado por los caprichos de un juez que crea diariamente su propia justicia para beneficiarse  perjudicando a muchas familias al quitarles las tierras para que puedan sembrarlas y hacer de ellas su medio de vida.
Al forastero le han vendido un caballo y luego lo han acusado de haberlo robado sin juicio alguno.   Le quitan el dinero que lleva encima y lo condenan a muerte burlándose de su inocencia.  Gary Cooper es el forastero quien al ver la admiración desmedida que le inspira al juez la figura de una actriz que decora en afiches todo el salón, inventa una historia para retrasar su condena al igual que Scheherezade con sus mil y una noches.  Le dice que la conoció, que habló con ella y hasta le asegura tener un mechón de su hermoso cabello.   Walter Brennan, el juez, se deja llevar por la romántica narración llena de detalles y el forastero aprovecha el tiempo para intentar remediar los conflictos que aquejan al poblado. Como se trata de Gary Cooper, lo resuelve, y la película tiene un final feliz, pero este hecho no le resta mérito al film.  Los personajes, a diferencia de otros westerns, poseen profundidad psicológica y en la película se desarrollan temas políticos y morales que parecían vedados para este tipo de relato. 
William Wyler (1902 – 1981) fue un director sobresaliente y prolífero en el arte de contar.  Cuatro de sus películas obtuvieron el Premio Oscar y fue tres veces ganador del Premio de la Academia y aunque no siempre las condecoraciones y aplausos hacen honor a quien en verdad los merece, en este caso se ha hecho justicia. 
    

martes, 16 de septiembre de 2008

La ficción al desnudo




El gran pez
de Tim Burton



Si existe una película que revele el arte de contar historias que caracteriza la producción de Tim Burton, ésta es sin duda El gran pez. Para los seguidores de este director no es novedad el hecho de que sus películas posean un estilo propio marcado por la elección de los colores para sus escenarios, sus personajes extremos y los actores seleccionados, pero El gran pez se distingue de sus otras producciones por desnudar íntegramente el artificio de la ficción, revelándonos que toda realidad es sólo construcción verbal: no existe un mundo si no es contado por otro; el mundo debe ser nombrado para que exista.

La realidad es presentada a los demás a través de nuestras propias palabras y las primeras que llegaron a nosotros fueron la de nuestros padres, o la de aquellos que, eligiéndolo o no, ocuparon ese lugar. En el comienzo el mundo nos fue contado por un padre... esa es la magia que da vida al El gran pez para contarnos, más allá de todo adorno, la relación de un padre a punto de morir con su hijo a punto de convertirse en padre.
Con personajes desopilantes y multifacéticos, Burton nos introduce como por arte de magia en una manera de narrar que determina ineludiblemente aquello que se cuenta.

Ficción y realidad se conjugan en el origen de la relación que establecen el padre y el hijo enmarcada en relatos fantásticos y maravillosos que parecen no haberse agotado al llegar la adultez, y es allí justamente, en ese lugar sin límites e inventado por otro, en el cual quiesiéramos quedarnos por siempre rodeados por brujas de inmensa ternura, por gigantes apacibles y sin zapatos, descalzos, sobre todo, descalzos.