Escribo sobre él porque hoy se cumplen 20 años de su partida y acabo de leer las notas que con afecto lo recordaban en la revista Radar. Además, (sobre todo) hace poco tuve el gusto de conocer a Galván y a Rocha, a Stan Laurel y al delegado Ignacio. A otros ya los conocía desde mi adolescencia. Escribo estas líneas cautivada por la ternura que han despertado en mí esos personajes. No he leído sus numerosos artículos periodísticos publicados durante años en Página 12, solo sus ficciones. Sin embargo, lo maravilloso de la ficción, que bien puede decirse que es una mentira organizada e ilusoria, es que genera emociones verdaderas. ¡Cuánto lamenté cuando el otro Soriano descubre a su amigo sentado en un sillón en la penumbra de un rincón de la casa con su gato muerto y aún tibio sobre sus piernas! Nadie puede decirme que ese lamento fue ficcional. O cuando el farsante de Sepúlveda le pega en el rostro a Rocha una y otra vez hasta dejarlo medio muerto en el ring. O la indignación que despertó en mí la exploción de aplausos en el estadio que ocultaba en sus entrañas el terror de la dictadura. Las emociones que genera la ficción son tan genuinas que abrazo en mi interior a aquellos escritores o escritoras que les echan su luz.
Osvaldo Soriano, tan despreciado por la academia, ha sido y es un escritor para las grandes mayorías. No solo por su escritura llana, prolija, sin rebusques gramaticales, sino porque tengo la sospecha de que hay personas que no podrían disfrutar de su lectura, un triunfador por ejemplo, y menos un gorila. Creo o me gusta creer que los lectores de Soriano somos trabajadores, personas que fácilmente nos identificamos con el tipo que tiene solo un bolso sobre su hombro y una via desierta por delante. Esos son los personajes de Soriano, perdedores, derrotados antes de comenzar, pero que son salvados por la nobleza de sus acciones, por sus amistades genuinas, por la dignidad de no venderse, no son mezquinos, son seres enormes vestidos con harapos como el Mingo de Cuarteles de Invierno. Sus personajes eligen el olvido con la frente alta, eligen perder mordiéndose el labio inferior y apretando los puños antes que renunciar a una idea que consideran genuina.
- ¡Tiren hijos de puta! ¡Tiren! ¡La vida por Perón!
Gracias por ese bello desencanto Soriano.
Un lugar inhóspito en la red que quiere recuperar la ternura que siente el corazón al acariciar algo que duerme.
domingo, 29 de enero de 2017
sábado, 14 de enero de 2017
El adios a Lucia
Nos duele a todas, se estremece nuestro cuerpo y nuestro corazón, nos da náuseas, impotencia, tristeza, nos da rabia, indignación, horror. Pero también aparece algo nuevo, un sentir que no tiene nombre asociado a la repulsión y al asombro ante tanta maldad.
Algo innombrable aparece cuando el cuerpo mutilado de una niña grita que los villanos están entre nosotras agazapados en la oscuridad. No se puede narrar el espanto porque el lenguaje no puede contenerlo, ni explicarlo, ni darle forma. No hay palabra que nombre la agonía desmedida e interminable de Lucia. Lucia, un nombre lleno de luz devorada por los hombres oscuros.
El cuento de nunca acabar
El rey
Había una vez un hombre que quería ser rey. Decía ser republicano y democrático pero muchos de los que vivían en aquella comarca no le creían. Finalmente llegó al trono gracias a las grandes pantallas distribuidas a lo largo y a lo ancho del lugar y una vez instalado en el poder hizo y deshizo a su antojo sin consultar al pueblo.
Los que lo habían aplaudido se escondieron en sus casas y apagaron la luz, sólo aquellos que nunca le habían creído salieron a las calles a defender lo que era derecho de todos: salud, educación, trabajo y libertad. Siempre eran los mismos duendes anónimos los que bajaban de los árboles a reparar lo destruido porque el gran señor Huxley ya les había constado como era el mundo feliz. Y mientras en las pantallas mostraban al rey regalando flores a los niños, los duendes constructores de sueños seguían plantando semillas adonde quiera que fueran.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Todos los mundos en éste
Uno de los personajes siente curiosidad por lo que los libros puedan esconder y un día consigue uno, lo abre, lee una frase y lo cierra. El libro que había encontrado era La Biblia y había leído una frase del Cantar de los Cantares. No podía dejar de leer, la poesía lo atraía más y más hasta que acaban descubriéndolo aquellos que ocupaban el poder y lo obligan a exiliarse o morir. Nuestro querido personaje se marcha de la ciudad y allá a lo lejos, cuando creia que estaba condenado a la soledad, encuentra a otros que como él, habían sido echados por desobedecer la ley más importante de ese mundo: no leer. Estaban reunidos alrededor de un fogón y cada uno de los que alli estaban relataban a otros las historias de los libros que recordaban como forma de resistencia contra el olvido.
Acá, en nuestro mundo, también tenemos grandes pantallas, películas en 3D, internet, celulares, cosas que nunca, nunca, podrán reemplazar al libro. Nosotros, como docentes, queremos invitarlos a que se unan a la resistencia, a que se atrevan a ver qué es lo que perturba en los libros, qué es lo que esconden esas historias que se han escrito tanto tiempo atrás. Por qué muchas personas tienen libros? Por qué cuándo somos niños deseamos escuchar cuentos una y otra vez?
Somos muchos los que estamos escondidos en distintos lugares del mundo y que hemos encontrado en ellos otros mundos posibles. Existen muchos mundos, decía un gran escritor, pero todos están en este.
martes, 4 de agosto de 2015
No vivirá por siempre, pero nunca morirá
Después de La Biblia, a mi modo de ver claro está, Drácula (1897) es la mejor historia, historia que, como su personaje, no vivirá por siempre pero nunca morirá, naciendo cada vez en nuevas formas de contar el horror. Bram Stoker creó a una celebridad que acechará las mentes de los hombres y mujeres de todos los tiempos generación tras generación y que los obligará a preguntarse lo que todos alguna vez nos preguntamos con la secreta esperanza de alejarnos por siempre del verdadero espanto: ¿En verdad existió el Conde Drácula? Algunos dirán que esa pregunta no se puede responder, pero nadie podrá negar que el Conde sigue tan vivo como en el S XIX.
Hoy en el S XXI vuelve a la pantalla la historia de este trágico ser condenado a matar aún a aquellos que ama a causa de la inmensa sed que lo devora. Esta vez, regresa de la mano del gran Guillermo del Toro y Chuck Hogan con la serie de televisión The Strain (La cepa) basada en la Trilogia de la Oscuridad (2009).
Por suerte para todos los que formamos parte de la Patria Grande y para desdicha de los yankies, un avión aterriza en el Aeropuerto Internacional JFK en Nueva York procedente de Berlín. Se detiene inerte en la pista de aterrizaje y en su interior hay 206 cadáveres además de 4 sobrevivientes. Un extraño ataúd lleno de tierra es hallado en el compartimento de equipaje. Así se produce la llegada de Jusef Sardu, un vampiro conocido como "El Amo". El Dr. Goodweather del Centro de Control de Enfermedades, investiga lo que a primera vista parece ser un virus que causó la muerte de los pasajeros del avión. A medida que su investigación continúa, Goodweather contacta con Abraham Setrakian, un viejo prestamista que parece saber mucho sobre este "virus" y que insinúa que podría tratarse de una plaga de vampiros. Los cuatro sobrevivientes serán los encargados de desparramar el terror en la población comenzando por supuesto, por aquellos que aman.
La historia no se reduce a colgar tiras de ajos en las puertas y ventanas ni en afilar estacas de madera, sin embargo en el vampirismo, en su vínculo con la sangre, en su condición fronteriza entre la vida y la muerte, se esconde la raíz, la cepa, que separa lo vivo de lo muerto y lo obliga a ser un híbrido en el limbo. Por ese motivo, y en un intento desesperado de recuperar mi fe susurro una oración:
"Ten piedad de Él, porque no puede amar".
l
domingo, 2 de febrero de 2014
La torre de cubos
Anoche tuve un sueño algo extraño, me demoré en la cama lo necesario intentando traer a la vigilia las imágenes oníricas que aparecían y desaparecían de mi mente.
Había una isla en medio del mar con numerosas casas y departamentos, todo parecía estar tranquilo pero cada día el mar le iba ganando terreno a la tierra motivo por el cual muchas personas ya no vivían en sus casas, estaban abandonadas, sepultadas debajo del agua azul. Sólo quedaba un hombre en aquel lugar, había construido un cuarto sobre el techo de su casa y cuando éste era inundado, armaba otro piso y otro y otro, siempre hacia arriba, siempre lejos del mar que avanzaba y ya se había llevado todo, sus amigos, su familia. Aquel hombre estaba solo en esa isla, en ese cuarto superior de la torre de cubos que había ido construyendo, sólo le quedaban las cosas que había podido salvar, algunos muebles, dos platos, un par de pantuflas y una foto, una foto en un portarretrato de madera en la que tres niñas se trepaban a él como si fuera un gran árbol silvestre, las niñas sonreían pero a él se lo veía triste, con la mirada perdida en otro lugar. El hombre se quedaba allí, mirando la foto, vagando en vaya a saber uno qué pensamientos; tan absorto estaba, tan lejos de donde ahora se encontraba que ni siquiera notó el momento en el que el mar como una gran boca abierta y azul cubrió la isla para siempre.
http://youtu.be/50-fWCXvhAY
Había una isla en medio del mar con numerosas casas y departamentos, todo parecía estar tranquilo pero cada día el mar le iba ganando terreno a la tierra motivo por el cual muchas personas ya no vivían en sus casas, estaban abandonadas, sepultadas debajo del agua azul. Sólo quedaba un hombre en aquel lugar, había construido un cuarto sobre el techo de su casa y cuando éste era inundado, armaba otro piso y otro y otro, siempre hacia arriba, siempre lejos del mar que avanzaba y ya se había llevado todo, sus amigos, su familia. Aquel hombre estaba solo en esa isla, en ese cuarto superior de la torre de cubos que había ido construyendo, sólo le quedaban las cosas que había podido salvar, algunos muebles, dos platos, un par de pantuflas y una foto, una foto en un portarretrato de madera en la que tres niñas se trepaban a él como si fuera un gran árbol silvestre, las niñas sonreían pero a él se lo veía triste, con la mirada perdida en otro lugar. El hombre se quedaba allí, mirando la foto, vagando en vaya a saber uno qué pensamientos; tan absorto estaba, tan lejos de donde ahora se encontraba que ni siquiera notó el momento en el que el mar como una gran boca abierta y azul cubrió la isla para siempre.
http://youtu.be/50-fWCXvhAY
lunes, 13 de enero de 2014
Del otro lado del mar
Para los que conocen mi viejo hábito de escribir, he vuelto a hacerlo gracias a una visita de mi papá. Él ya debe estar lejos, del otro lado del mar... Comparto con ustedes un pequeño fragmento.
Como
si fuera una maldición, siempre me enfermaba cuando se acercaba la Navidad.
Cada año, aproximándose las fiestas de fin de año solía padecer de
anginas con placas, eran tan grandes que yo misma podía verlas si abría la boca
lo suficiente frente al espejo. Las
altas temperaturas que causaba la infección me hacían delirar con insectos
gigantes y monstruos que acechaban detrás de los muebles. Eran tan convincentes esos delirios que una
noche mi hermana mayor quiso acompañarme a la pieza de mis padres pero tenía
miedo de que en realidad hubiera alguien escondido detrás del modular. Yo tenía los ojos enormemente abiertos y
le aseguraba que allí había
alguien. Esa noche papá tenía guardia y
mi hermana menor dormía con mamá porque le tocaba a ella según los turnos que
aplicábamos rigurosamente. Andrea me
sujetaba de la mano y llamó a mi madre desde donde estaba porque tampoco ella
se había animado a avanzar por el oscuro comedor hacia la habitación. Me contaron que mi mamá vino enseguida y
obligó a mi hermana menor a ir a su cuarto para que yo ocupara su lugar. Nunca recordé nada de esas visiones, lo único
que recuerdo de aquellos días es que tenía que tomar unas pastillas enormes, que
bebía litros de agua sin poder tragarlas y que sentía como el comprimido iba desahaciéndose en mi boca. Era imposible. Cada ocho horas vivía la misma situación, me
colocaba la pastilla bien atrás, tomaba un gran sorbo de agua y hacía un
movimiento de cabeza para darle impulso, pero nada, siempre quedaba allí, dando
vueltas en mi boca. Cuando ya era
imposible soportar el sabor amargo comenzaba a tener arcadas y mi mamá decía
hay dios, dale mamita otra vez, mamá te ayuda, dale. Pero no podía. Tanto era así que habíamos planeado otro
método para tomar el medicamento y consistía en abrir la cápsula, vaciar el
contenido en una cuchara sopera, mezclarlo con azúcar, agregarle Seven up y
tragarlo de una vez. Luego tomaba alguna
bebida dulce que contrarrestara el horrible sabor que tenía. A veces las pastillas no venían en cápsulas,
entonces mi mamá las picaba con una cuchilla y repetíamos el
procedimiento.
Una
noche ya estaba papá en casa, mamá le había contado nuestro método y papá decía
no puede ser, tiene que aprender. Esa
noche vinieron los dos a mi habitación con la pastilla, un vaso y una botella
de agua. A ver, dale, vamos a probar
otra vez. Acá está papá que te ayuda
decía mi madre. Volvimos a intentarlo
pero la botella empezó a vaciarse y la pastilla a derretirse en mi boca como
era habitual. Mi papá comenzó a
enfadarse, no puede ser, dale, no es tan grande, yo lo intentaba cada vez y
había empezado a llorar. Mi padre daba vueltas en la habitación, se agarraba la
cabeza y se preguntaba en voz alta pero cómo puede ser no es tan difícil. Fue
tanto su enojo que en esa oportunidad dio un golpe con el puño cerrado en el
marco superior de madera de la puerta de la habitación y fue tan grande el
susto causado por el estruendo que cuando me recuperé ya no tenía la pastilla
en mi boca. La casa había parecido
vibrar y del susto la había tragado sin darme cuenta. Nunca más volví a tener problemas para tomar pastillas, tal vez
era porque inconscientemente recordaba como toda la casa
había retumbado entonces. Ese hecho quedó grabado en mí como una de las anécdotas más
significativas de mi vida porque aquel día descubrí que en el mundo existía Batman,
el Hombre Araña, la Mujer Maravilla, Acuaman y Súper Papá.
Por
eso creo que la infancia queda siempre envuelta en un manto mágico y más allá
de lo que podamos recordar, conserva también un tesoro oculto imposible de
agotar que va apareciendo ante nosotros a medida que la vamos contando. Pero para
mí, la infancia de mi padre era lo otro,
lo que abría un vacío imposible de nombrar.
Del otro lado del mar
(fragmentos)
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