



Un lugar inhóspito en la red que quiere recuperar la ternura que siente el corazón al acariciar algo que duerme.
Adoro el terror, esa sensación en el estómago, la respiración pendiente de un hilo, acurrucarme en la cama y no pestañear. Pero no sólo eso, quiero una historia de terror, una buena historia de terror que quede días dando vueltas en mi cabeza, que perturbe mi sueño lo suficiente como para saber que algo de ese terror ya estaba en mí, o por el contrario, una historia de terror que logre exorcizarlo, sacarlo fuera, ponerlo lejos.
La otra recomendación es una serie. Para aquellxs que creen que las historias de vampiros nada nuevo tienen que decir, Misa de medianoche demuestra que todavía hay tela que cortar. Cuando un cura llega a la isla Crocket, una isla de pescadores que viven en la pobreza, extraños hechos empiezan a ocurrir. Con personajes sólidos, llenos de matices y una atmósfera que hace homenaje a Stephen King, la serie de Mike Flanagan se sostiene con un guion sin fisuras, por momentos existencialista, donde la fe, el fanatismo religioso, la muerte y la vida, aparecen como tema en boca de personajes inolvidables. Si bien a mi modo de ver no es el mejor final, todo lo vale el maravilloso diálogo entre Erin y Riley, dos personajes entrañables que intentan responder a la pregunta más terrorífica de todas. ¿Qué pasa cuando nos morimos? Pero no se asusten. La respuesta es tan bella.
Los veranos de mi vida
Los que no volverán. Esos fueron los mejores veranos de mi vida. Los domingos nos metíamos en el auto y nos íbamos a un parque que tenía pileta cancha de tenis y un lago lleno de peces de colores y como papá siempre fue alto alto y el auto de entonces era chiquito chiquito con el paso de los días se dibujó en el techo una mancha circular justo sobre su cabeza y papá para hacerse el gracioso decía que era la aureola de un santo juntaba las manos como si fuera a rezar y pestañeaba rapidito mirando hacia arriba con cara de bueno y entonces saltaba mamá como si el chiste la indignara eso es mugre Rubén decía qué santo ni ocho cuartos y a nosotras tres nos dolía la panza de tanta risa.
Cuando el auto de papá agarraba velocidad bajábamos la ventanilla y el verano nos estallaba en la cara. Pola siempre iba en el medio porque además de ser la más chica de las tres se le podía volar la peluca y eso es lo único que falta decía mamá porque Pola nació con pelo pero a los tres o cuatro años se le empezó a caer y ya no le creció nunca más.
Aquellos días eran hermosos porque papá estaba con nosotras desde que salía el sol hasta que se iba y me acuerdo que apenas llegábamos al parque bajábamos del auto papá abría el baúl y daba a cada una algo liviano que llevar. Esto vos esto vos y esto vos. Después caminábamos detrás de mamá que buscaba una mesa de cemento debajo de algún árbol y cuando la encontraba la señalaba con el dedo y decía esa es y entonces nosotras corríamos hasta allí perseguidas por una nube de mosquitos dejábamos las bolsas sobre los bancos y enseguida nos quitábamos los pantalones cortos y las remeras porque ya teníamos puesta la malla debajo de la ropa. Pero antes de la pileta teníamos que ir a revisación poner los pies en un banquito de madera y separar los dedos uno por uno primero un pie después el otro frente a un par de ojos que buscaban hongos uñas encarnadas y otras asquerosidades. También nos revisaban la boca y debajo de los brazos entonces papá hablaba a solas con quien estuviese allí para contarle de Pola y la cuestión de la peluca porque al final había que soltarse el pelo para ver que no tuviéramos piojos y cuando al fin terminábamos con todo ese lío de la pileta nos colgaban una fichita del bretel de la maya y nos metíamos en el vestuario porque había que hacer pis y ponerse la gorra de baño frente al espejo cuidando que la oreja no quedara doblada por la mitad y que ningún pelo asomara por debajo. Cuando salíamos del vestuario ahí estaba papá con las manos en la cintura. Todo listo mis niñas preguntaba y nosotras decíamos que sí que sí y que sí revoloteábamos como abejas alrededor de papá y de atolondradas nos tropezábamos con las ojotas chaflanchaflanchaflan pasábamos debajo de las duchas que estaban cerca de la pileta y al fin nos metíamos al agua.
Nuria era la única que sabía tirarse de cabeza. Nuria y papá claro. Pola nunca aprendió ya se sabe por qué y yo tampoco pero de miedosa nomás así que nosotras dos nos sentábamos en el borde de la pileta y después nos dejábamos caer. Jugábamos a aguantar la respiración debajo del agua y nos trepábamos a papá como si fuera un árbol papá nos paraba sobre sus hombros y splash nos tiraba otra vez al agua así y vuelta a empezar mientras mamá nos miraba desde afuera de la pileta porque a ella el agua siempre le dio no sé qué y se la pasaba diciendo cuidado Rubén cuidado y nosotras nos reíamos de sus miedos porque sabíamos que con papá nada malo podía pasarnos.
Después del mediodía nos poníamos las ojotas otra vez y chaflanchaflanchaflan hasta donde estaba mamá que nos esperaba con los toallones abiertos para que no tomáramos frío y lo retaba a papá por llevarnos a lo hondo y él decía tranquila Margarita si yo las miro. Cuando íbamos a comer mamá estiraba el mantel a cuadros sobre la mesa de cemento salpicada por el sol que se metía entre los árboles ponía los vasos de acero inoxidable y preparaba los sanguchitos de salame y queso para nosotras y de mortadela para papá luego sacaba de la heladerita las cubeteras la cerveza y la coca grande y nosotras chochas de contentas porque sólo tomábamos coca en los cumpleaños y en las fiestas. Y a la tarde otra vez al agua y el cielo liso sin una sola arruga y el sol allá arriba.
Cuando volvíamos a casa mamá decía una sopita y a la cama y después caíamos rendidas y dormíamos de corrido sin que nada perturbara nuestro sueño porque aunque había que levantarse temprano para ir a la escuela la tarde entera era nuestra y los patines y las muñecas y las canciones de Rafaela Carrá en el comedor y el elástico y yo con todas yo con vos yo con vos yo por arriba yo por abajo y por eso despertábamos felices. Despertábamos felices porque el verano aún no se había ido de nuestras vidas.